La Cistitis es una de las consultas más frecuentes que realiza la mujer en la consulta de urología . Se trata de una inflamación de la vejiga, generalmente causada por bacterias —sobre todo Escherichia coli— que ascienden desde la uretra. Su mayor incidencia en mujeres se explica por factores anatómicos (uretra más corta), así como por cambios hormonales, actividad sexual ,cambios en el PH así como la alteración del equilibrio entre las bacterias que son habituales en la región genital ( flora saprófita).
Los síntomas típicos incluyen escozor al orinar, aumento de la frecuencia urinaria, urgencia miccional y, en ocasiones, dolor suprapúbico (encima del ombligo). Aunque suele ser un proceso leve, su recurrencia supone problema relevante para la mujer ,muchas mujeres presentan varios episodios al año, lo que impacta en su calidad de vida y requiere el uso repetido de antibióticos.
El diagnóstico de la cistitis es clínico en la mayoría de los casos, es decir basado en los síntomas que antes hemos referido. Se debe de realizar un análisis de orina, urocultivo, para identificar el microorganismo responsable y ajustar el tratamiento.
También es aconsejable realizar una ecografía para intentar determinar si existen alteraciones en el aparato urinario que justifiquen las infecciones repetidas
Tradicionalmente, el tratamiento se basa en antibióticos. Sin embargo, debemos de intentar utilizar estos fármacos con cautela por lo cual se ha impulsado la búsqueda de estrategias preventivas y complementarias. En este contexto, los probióticos y los prebióticos han cobrado especial interés.
Los probióticos son microorganismos vivos que, pueden ayudar a restablecer el equilibrio bacteriano o bien generar las condiciones adecuadas que eviten el desarrollo de bacterias patogenas
En el caso de la cistitis, suelen emplearse cepas de Lactobacillus, bacterias que forman parte de la microbiota vaginal normal. Su función principal es mantener un ambiente ácido que dificulta la proliferación de bacterias patógenas. Además, compiten por la adhesión a las células del epitelio urinario, reduciendo la colonización por microorganismos nocivos. Algunos estudios sugieren que el uso de probióticos puede disminuir la recurrencia de infecciones urinarias, especialmente cuando se administran por vía oral o vaginal.
Por otro lado, los prebióticos no son microorganismos, sino sustancias —generalmente fibras no digeribles— que sirven de alimento para las bacterias beneficiosas. Su objetivo es estimular el crecimiento y la actividad de la microbiota protectora. En este sentido, favorecen indirectamente un entorno que dificulta el desarrollo de patógenos. Ejemplos de prebióticos incluyen la inulina y los fructooligosacáridos.
La diferencia fundamental entre ambos radica en su mecanismo de acción: los probióticos introducen bacterias beneficiosas en el organismo, mientras que los prebióticos alimentan a las bacterias ya presentes para potenciar su efecto protector. En muchos casos, se utilizan de forma combinada (simbióticos) para maximizar sus beneficios.
A pesar de su potencial, es importante señalar que la evidencia científica aún es variable. Aunque algunos estudios muestran resultados prometedores en la prevención de la cistitis recurrente, no sustituyen al tratamiento antibiótico cuando existe una infección activa. Su papel es principalmente preventivo o complementario.
En conclusión, la cistitis en la mujer es una patología común con tendencia a la recurrencia. Los probióticos y prebióticos representan una estrategia interesante para reforzar las defensas naturales del organismo y reducir episodios repetidos. Sin embargo, su uso debe integrarse dentro de un enfoque global que incluya medidas higiénico-dietéticas y, cuando sea necesario, tratamiento médico adecuado.
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